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18 junio 2012

El valor


El verdadero valor del anillo 

Un Cuento de Jorge Bucay

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.
- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? 

El maestro, sin mirarlo, le dijo:
- ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas!. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. 
- Eee... encantado, maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.
- Bien -asintió el maestro- Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.

Abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro- Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. 

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo
- ¡¿58 monedas?! -exclamó el joven-.
- Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? 

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

06 junio 2012

La Gallina y los patitos

La Gallina y los patitos
Un cuento de Jorge Bucay


Habia una vez una pata que habia puesto cuatro huevos.
Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató.
Pero por alguna razon, no llegó a comerse los huevos antes de huir, y estos quedaron abandonados en el nido.
Una gallina clueca pasó por allí y encontró el nido descuidado. Su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.
Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina por su madre y caminaban en fila detras de ella.
La gallina, contenta con sus nueva crías, los llevó a la granja.
Todas las mañanas, después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el suelo y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguian arrancar de la tierra ni un misero gusano, la mama proveía de alimento a todos los polluelos, partia cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos dandoles de comer en el pico.
Un dia como otros, la gallina salio a pasear con su nidada por los alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguian en fila.
Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos se zambulleron de un salto en la laguna, con toda naturalidad, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiendoles que salieran del agua.
Los patitos nadaban alegres, chapoteando, y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.
El gallo apareció atraído por los gritos de la madre y se percato de la situación.
-No se puede confiar en los jovenes -fue su sentencia-. Son unos imprudentes.
Uno de los patitos, que escucho al gallo, se acerco a la orilla y les dijo: "No nos culpeis a nosostros por vuestras propias limitaciones".


No pienses que la gallina estaba equivocada.
No juzgues tampoco al gallo.
No creas a los patos prepotentes y desafiantes.
Ninguno de estos personajes esta equivocado. Lo que sucede es que ven la realidad desde posiciones distintas.
El unico error,
casi siempre,
es creer que la posicion en que estoy
es la única desde la cual se divisa la verdad.
El sordo siempre cree que los que bailan estan locos.

13 mayo 2012

Perspectivas


En el vientre de una mujer embarazada estaban dos criaturas conversando cuando una le preguntó a la otra:
- ¿Crees en la vida después del nacimiento?

La respuesta fue inmediata:
- Claro que sí. Algo tiene que haber después del nacimiento. Tal vez estemos aquí principalmente porque precisamos prepararnos para lo que seremos mas tarde.
- Bobadas, no hay vida después del nacimiento! ¿Cómo sería esa vida?
- Yo no sé exactamente, pero ciertamente habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y comamos con la boca.
- Eso es un absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer con la boca? Es totalmente ridículo! El cordón umbilical es lo que nos alimenta. Yo solamente digo una cosa: la vida después del nacimiento es una hipótesis definitivamente excluida – el cordón umbilical es muy corto.
- En verdad, creo que ciertamente habrá algo. Tal vez sea apenas un poco diferente de lo que estamos habituados a tener aquí.
- Pero nadie vino de allá, nadie volvió después del nacimiento. El parto apenas encierra la vida. Vida que, a final de cuentas, es nada más que una angustia prolongada en esta absoluta oscuridad.
- Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del nacimiento, pero, con certeza, veremos a mamá y ella cuidará de nosotros.
-¿Mamá? ¿Tú crees en la mamá? ¿Y dónde supuestamente ella estaría?
- ¿Dónde? En todo alrededor nuestro! En ella y a través de ella vivimos. Sin ella todo eso no existiría.
- Yo no creo! Yo nunca vi ninguna mamá, lo que comprueba que mamá no existe.
- Bueno, pero, a veces, cuando estamos en silencio, puedes oírla cantando, o sientes cómo ella acaricia nuestro mundo. ¿Sabes que? Pienso, entonces, que la vida real solo nos espera y que, ahora, apenas estamos preparándonos para ella…

Anónimo.

Tomado de: Me lo envió el hijo recién nacido de un amigo.

09 mayo 2012

El dilema

El sueño del esclavo
Un cuento de Jorge Bucay
de "El juego de los cuentos"


Voy paseando por un camino solitario, disfruto del aire, del sol, de los pájaros y del placer de que mis pies me lleven por donde ellos quieran.

A un costado del camino, encuentro un esclavo durmiendo.

Me acerco y descubro que está soñando, de sus palabras y gestos adivino... sé lo que sueña:
El esclavo está soñando que es libre.
La expresión de su cara refleja paz y serenidad.

Me pregunto...
¿Debo despertarlo y mostrarle que sólo es un sueño, y que sepa que sigue siendo un esclavo?
¿O debo dejarlo dormir todo el tiempo que pueda, disfrutando aunque sea en sueños, de su realidad fantaseada?
—¿Cuál es la respuesta correcta?... –agregó Jorge.
Me encogí de hombros.
—No hay respuesta correcta –siguió Jorge—. Cada uno debe encontrar la propia respuesta, y no hay lugar afuera donde buscarla.
—Yo creo que me quedaría paralizado frente al esclavo, sin saber qué hacer –dije.
—Voy a darte una ayudita, que por lo menos en algún caso te puede servir, mientras estás paralizado acércate al esclavo y míralo. Si el esclavo soy yo, no lo dudes: ¡despiértame!.

09 abril 2012

Amor - Parte I

Un hombre llamó a la puerta de la amada. Una voz preguntó: "¿Quién es?" "Soy yo", respondió él. Y la voz dijo: "Aquí no hay sitio suficiente para mí y para ti" Y la puerta siguió cerrada. Al cabo de un año de soledad y añoranza, el hombre volvió a llamar a la puerta. Una voz preguntó desde dentro: "¿Quién es?" "Eres tú", respondió el hombre. Y la puerta se abrió.

Tomado del libro: "La enfermedad como camino", de Thorwald Dethlefsen y Rudiger Dahlke. 

02 marzo 2012

Escuchar


Hablar y escuchar

de “La oración de la rana”, de Anthony de Mello

Un anciano solía permanecer inmóvil durante horas en la iglesia. Un día, un sacerdote le preguntó de qué le hablaba Dios.
— Dios no habla. Sólo escucha — fue la respuesta.
— Bien… ¿y de qué le habla usted a Dios?
— Yo tampoco hablo. Sólo escucho.


Tomado de: Cuentos con luz propia

21 enero 2012

El diente de león


Fotografía de Vvillamon
 http://www.flickr.com/photos/villamon/3487229452



Un hombre que se sentía orgullosísimo del césped de su jardín se encontró un buen día con que, en dicho césped, crecía una gran cantidad de "dientes de león". Y aunque trató de librarse de ellos por todos los medios, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga.

Al fin, escribió al Ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho. Y concluía la carta preguntando:"¿Qué puedo hacer?".

Al poco tiempo, le llegó la respuesta:
— Le sugerimos que aprenda a amarlos.

10 enero 2012

El hombre que volaba


Un cuento de Nathalie Moreno
3º Lugar V Concurso Cuentos “Cuéntate Algo” Biblioteca Viva 2011

Mauro andaba por la ciudad a toda velocidad en su bicicleta gris, vestido –era que no- todo de gris. Antes su madre y ahora su novia, no se cansaban de criticarle por el desdichado color de sus atuendos. A él lo traía sin cuidado la intolerancia a la tristeza de aquellas mujeres (de una de las cuales estaba pensando deshacerse seriamente. De la otra, aunque quisiera, no había cómo). Mauro cursaba el último año de su carrera, la que habría abandonado desde el primer día. Pero estaba la pensión de su padre en juego, las amenazas de la madre, los sermones del cura del colegio, el ejemplo de su hermano mayor, en fin, un tropel de gente que debía mantener a raya. Comparado con ellos, cualquier cosa era más fácil de soportar. Afortunadamente, quedaba menos de la tortura de memorizar contenidos para regurgitarlos frente al pelícano de turno. Apenas un semestre de seminario de título y la esperada práctica como diseñador que le permitiría llevarle a su madre el famoso “cartón”; aquel título profesional que con el correr de los años se había convertido en el salvoconducto de su libertad.


Era martes y Mauro estaba particularmente feliz. Le aceptaron sin problemas el proyecto de título y su profesor guía lo había recibido con café y un abrazo. Por si fuera poco, asistió a una reunión en una prestigiosa empresa para coordinar la implementación de un proyecto donde él podría hacer la práctica. La reunión había sido distendida y obtuvo la confirmación para participar en la ejecución de varias tareas. Cuando salió del edificio, se cruzó con Rainer, el cubano de dos metros que fue novio de su hermana, quien apenas lo miró. A Mauro le dio risa acordarse del primer y único intercambio con ese personaje por el que su hermana se derretía y que él, tratando de ser amistoso y quebrar el hielo instalado en el rostro de sus padres cuando fue presentado a la familia, lo había recibido con un “¡Ah, ¿Te llamas así por el gran Rainer María Rilke?” El mentado había mirado a Mauro como quien observa un pescado con orejas, luego de lo cual –y antes de darse la vuelta ofendido- sólo abrió la boca para decir “Yo no me llamo María”.

Todavía riéndose, Mauro fue hasta donde había amarrado su bicicleta y se sentó a fumar un cigarrillo. No fumaba mucho, pero había momentos como éstos en que le venía de maravilla. Sabía que el cigarrillo no ayudaba a pensar, pero a él sí. Miró la hora y se percató de que aún era temprano, por lo que alcanzaba a ir al terminal de buses a dejar la encomienda para su abuela (como todo un Caperucito, se rió). El paquete -que había armado con paciencia de monje tibetano- contenía un frasco de Nutella, esa crema de chocolate que su querida viejita disfrutaba como niña, pero que no encontraba en el escuálido almacén del pueblo donde vivía. Tres Esquinas, en rigor, no era un pueblo sino apenas y literalmente, tres esquinas. Dos caminos de tierra que se cruzan deberían formar cuatro esquinas pero, no me pregunten por qué, aquí había tres y Mauro en su adolescencia, había pasado tardes enteras intrigado por aquel misterio. Su incomprensible conducta de estarse parado mirando al infinito por horas, había desconcertado a cuanto campesino se le cruzaba (después de todo, ellos estaban habituados a convivir con lo absurdo). En el paquete que Mauro preparó, también había cuatro pares de calcetines de pura lana que sabia la harían feliz y que ella, aunque pudiera pagarlos, se negaba a comprar por considerarlos un lujo. Y lo mejor de todo, el mejor abrigo y alimento: un original libro comprado de segunda mano en el barrio de San Diego con el cual Mauro había sentido escalofríos, se había enternecido hasta la médula y se había reído a morir, curiosa combinación que sabía sería el deleite de su abuela. “La felicidad de los ogros”, esa rara novela que tenía todo lo que una buena historia necesita para ser irresistible: ternura, humor y espanto.

Mauro entregó la encomienda y satisfecha su alma, decidió que podría permitirse disfrutar de un almuerzo de verdad en alguno de los boliches del sector. Normalmente comía emparedados comprados en cualquier parte (prefería los de una peruana que se instalaba a un costado de su universidad), pero hoy tenía tiempo, y sobretodo ganas, de darse un gusto. Pidió una cazuela, que llegó hirviendo en paila de greda y rociada de cilantro fresco picado. El garzón le acercó un pocillo con pebre acompañado de tres pancitos amasados. Untó un trozo de pan en el pebre mientras los vapores de la cazuela y la fragancia del cilantro le bañaban el rostro. Qué poco se necesita para ser feliz, pensó. Acababa de terminar de comer cuando vio a lo lejos la silueta de Martina, una amiga de toda la vida de la cual estaba enamorado de toda la vida. Sonrió. Ojala se pudiera detener el tiempo, dijo en un murmullo para sí mismo y se levantó para hacerle señas.

El amor de su vida abrió los ojos inmensos así y apuró (estaba seguro) los pasos hacia él. Le sonrió (de eso no cabía duda y cualquier transeúnte podía corroborarlo) con ojos, boca y mejillas, incendiándosele la cara como si hasta antes de que él la llamara hubiera sido un globo desinflado que al oír su nombre (dicho por él quería creer, aunque no había forma de asegurarlo) se hubiera hinchado de alegría y se hubiera vuelto toda ella, pura alegría. Mauro quedó pasmado. No supo qué decir y, para cuando se le ocurrió, le preguntó cuatro veces cómo estaba. Le sudaron las manos, se le disparó el corazón. Al inclinarse para saludarla (Martina apenas le llegaba al pecho), volcó un vaso y las servilletas. Se sintió torpe, inadecuado, feo e indigno de ella. O sea -habría sentenciado su abuela de saberlo-, todo lo que siente cualquier cristiano verdaderamente enamorado. Martina, que cinco minutos antes escudriñaba el asfalto con el ceño fruncido como si buscara una joya perdida –cosa que de algún modo era cierta- ahora se reía hipando. Quince minutos transcurrieron así, brevísimos para ellos y eternos para el malhumorado garzón que barría los pedazos de vidrios entre los pies de la pareja que se reía estruendosamente vaya uno a saber de qué.

Es lo más lindo que he visto, pensó Mauro, cepillando con la mirada el pelo de Martina. Lo llevaba suelto –así lo había preferido siempre Mauro-, desordenado y tan largo, que en su delirante revoloteo, alcanzaba a hacerle cosquillas a él. Ella trataba de atrapar los mechones que bailaban excitados, pero sus manos eran tan pequeñas que resultaba inútil el intento. Sin pensarlo, Mauro alzó una de sus manos, enorme, casi del tamaño de la cabeza de ella y las serpientes rebeldes de la delicada medusa se doblegaron obedientes, dejándose atrapar. Martina aprovechó el gesto y en un rápido movimiento las sujetó con un elástico. Mauro se puso triste. Si fuera por él, habría impedido tan cruel atadura. Por un segundo se permitió soñar que llegaba el día en que liberaba ese cabello de todas sus amarras y gobernaba para siempre en esa magnífica cabellera.

Martina se quejó de su pelo. Me encantaría tenerlo como las mujeres orientales, dijo, liso y pesado como una cortina. Tu pelo es lo más lindo que he visto, se le escapó a Mauro. Y quedaron los dos como detenidos, como si no hubiera sido Mauro quien hablara, sino un tercero que les gritaba ¡Momia!, igual que cuando jugaban en el colegio y a más de la mitad de los compañeros les faltaba un diente. ¿Tenía algodón en los oídos? Claro que no. Pero entonces ¿Por qué Mauro no escuchaba nada? ¿Por qué el mundo, de un momento a otro, había decidido quedarse en silencio? Soñaba, claro que soñaba. Esto no es cierto, pensó Mauro. Esto no puede estar ocurriendo. La vida está allá, puedo verla fluyendo en el riel de al lado, de donde me corrí al tropezar con Martina. No cabe duda, ella me saca de mí. Siempre lo ha hecho.

Me tengo que ir, mintió Martina sin saber por qué. Habló su boca, no ella, traicionándola como tantas veces. Las palabras de Martina rompieron el hechizo de las momias. Si siguieran en el colegio, habrían sido salvados por ese comentario, pero ahora a los dos les dolió salvarse. Hubieran querido perder, seguir perdiendo, con tal de estar así, tan cerca, que compartían el aliento, y los ojos no se cansaban de beberse, los unos en los otros. Pero despertaron -¿o volvían a dormirse?- y se despidieron sin cruzar palabras, rozándose apenas las mejillas.

Mauro salió descompuesto del callejón donde habían quedado el restaurante y los vestigios de alegría que la aparición de Martina había coronado y al mismo tiempo, hecho desaparecer. Montó su bicicleta y comenzó a pedalear con furia como si huyera; como si fuera posible huir de los fantasmas; como si bastara encender una  lamparita en mitad de la noche para hacer desaparecer los pesados pasos que escuchaba prístinos subiendo por la escalera de su alma. Siguió pedaleando con energía. Luego se enderezó y quitó las manos del volante. Le encantaba esa sensación. Sus piernas obedientes y aplicadas, ejecutando una danza sincronizada y su cuerpo erguido oteando el horizonte. Sí, parecía un centauro. En su loca carrera trataba de aferrarse al mítico animal. Persiguiendo su imagen, pretendía apoderarse de su fuerza; de la fuerza que él tanto necesitaba en esta hora para deshacerse de los espectros y del sudor frío en la espalda que le pesaba como una mochila donde los cargara. Casi no había vehículos en la calle y la noche se dejó caer con caprichoso apuro. Mauro decidió tomar la ruta más larga hasta su casa. Cruzó por delante de la antigua cárcel y cuando casi estaba frente al bar La Piojera, lo vio.

Mauro no sabe por qué aquel viejo le inspiró ternura. Era un hombre pequeño, medio encorvado. Iba hablando solo y se reía cada cierto tiempo. Cada paso que daba lo hacía con cautela, como si buscara las piedras sobresalientes para cruzar el riachuelo que había en el campo de su padre allá en Tres Esquinas. Elevaba un pie y lo dejaba detenido en el aire, tratando de encontrar el mejor apoyo, pero tanta meditación lo desestabilizaba y terminaba cayendo bruscamente. El borracho miraba desconcertado, como un niño que aprende a caminar y no entiende por qué se viene abajo. Con gran esfuerzo logró sentarse. Se palpó los pantalones húmedos de su propia orina. Su mamá lo iba a regañar por andar de nuevo jugando en el río. Para ahorrarse el castigo que le seguiría, Fulgencio decidió quitarse los pantalones para ponerlos a secar a la orilla, encimita de esa roca de forma tan rara, parecida a un grifo.

Mauro se rió del hombre que tambaleando, trataba de bajarse los pantalones. Disminuyó el ritmo de sus pedaleos para mirarlo mejor. Después de todo, resultaba una buena distracción. Repentinamente, como si lo hubieran llamado por su nombre, Fulgencio se enderezó y se quedó contemplando a Mauro que del otro lado de la calle y de brazos cruzados, se desplazaba como flotando. La nube que habitaba en las pupilas del anciano no le permitió ver la bicicleta sobre la que iba Mauro. Sólo veía a un hombre que era todo lo que él había deseado en la vida: un hombre que volaba. El borracho empezó a aplaudir y a reírse apuntando a Mauro. ¡Está volando, está volando! Gritaba como si quisiera que el mundo despertara y viera lo que sus cenicientos ojos celebraban: un hombre cruzando la avenida moviendo las piernas en el aire. ¡Yo también sé volar! ¡Yo también sé volar! decía, mientras daba tumbos y aleteaba torpemente. A Mauro el terror le erizó la piel. Aguantó la respiración, sobrecogido frente a ese anciano con los pantalones abajo que dejaba las consumidas piernas a la vista; piernas macilentas, violáceas, de huesos chuecos que revelaban ser los precarios sobrevivientes de una cruel enfermedad (Mauro no se equivocaba: Fulgencio había padecido la temprana dentellada de la poliomielitis; hiena cruel que Fulgencio, aun a sus avanzados años, todavía escuchaba reírse cada cierto tiempo). Sin pretenderlo, ese viejo que agitaba sus brazos de arriba a abajo, cayéndose y volviéndose a parar, fracturaba a Mauro en lo más profundo de su ser. El doloroso destello le pareció una mano que con violencia volvía de revés la realidad y dejaba en carne viva las heridas de ese tejido; las huellas donde los puntos perdidos habían sido enmascarados con una costura. Ese anciano era una costura. Ese anciano borracho intentando volar era la encarnación de un grosero zurcido; la burda sutura de una vida que no había sido. A Fulgencio se le desgarraba la garganta a cada grito y no cejaba en el absurdo afán de remontar vuelo. Para cuando logró pararse de la enésima caída, se iluminó. “No se me puede ir, no se me puede ir” empezó a decir una y otra vez para animar su cuerpo que comenzaba a flaquear y emprender una carrera para abrazar a Mauro que no creyó lo que veía: un borracho descontrolado que de brazos abiertos, se abalanzaba sobre él.

El choque sonó como el de un huevo contra el piso. Mauro, salvo una leve magulladura, salió ileso. El anciano, cascarita frágil, sangraba profusamente. Temblando de pies a cabeza, Mauro se acercó. Imbécil, imbécil, le gritaba al borracho agarrándolo de la solapa. El anciano abrió los ojos con las sacudidas y sonrió. Yo lo vi volar, murmuraba incansable la lengua torpe que trataba de abrirse camino entre borbotones de sangre. Mauro, intentó levantarlo, mientras Fulgencio luchaba con ese río que amenazaba con llevárselo. Pero fue inútil. Más que hombre, Fulgencio parecía una gaviota herida que hubiera perdido su mar y agonizara empantanada. “Después de la Carmencita, usté es lo más lindo que he visto”, fue lo último que alcanzó a entender Mauro antes que la voz se ahogara, arrastrada por la corriente.

Dos días más tarde, la abuela de Mauro recibió el aviso de que le había llegado una encomienda. Se arregló como si fuera su cumpleaños y canturreando salió de su casa. Caminó un buen trecho a paso vigoroso, ansiosa de alcanzar cuanto antes la vía principal donde pasaba la micro que la llevaría hasta Chillán. Al llegar a la ciudad aun no se apagaban sus jadeos, pero no le importó. Pasó al terminal de buses y retiró el paquete que le había enviado su nieto. Con el regalo bajo el brazo, fue al mercado. Compró aceite, harina de avellanas, La Discusión – periódico local- y El Mercurio de Santiago, el que en realidad no leía: sólo paseaba los ojos por las fotografías como frente a un álbum de laminitas, pues mirando lo que su nieto miraría, sentía que lo tenía más cerca. Entonces vio la noticia.

El que le tiraba las trenzas si se descuidaba, el que le dejaba en su banco de la escuela medio pan con chicharrones, el que se peleaba por ella hasta que invariablemente terminaban rompiéndole la cara, el que nunca se atrevió a hablarle, el que en los recreos jugaba solo, emprendiendo carreras bizarras mientras agitaba los brazos queriendo volar (¿por qué Dios no lo había hecho pájaro?), el que día por medio llegaba con los pantalones mojados y se burlaban de él diciéndole que se había orinado, ese a quien el frío había vuelto viejo a los nueve años, dejándole costras en las mejillas y manos ajadas que a veces sangraban, el que después de la muerte del padre nunca más volvió a la escuela y lo veía a lo lejos acarrear ovejas, el que sólo una sola vez había visto llorar cuando la profesora le puso un siete en su cuaderno y les dijo a todos que deberían ser como él, y él se desplomó como chincolito, herido por aquella caricia intolerable en su cuerpo acostumbrado a los golpes. Ese Fulgencio Rivas Rivas había muerto tirado en la calle.

Tomado del blog de Nathalie: Cuentos de Nathalie

28 diciembre 2011

Los mejores cuentos del 2011

Hablando de selecciones, le llegó el turno a los cuentos.

Los mejores cuentos publicados en el blog durante el 2011
Según mi criterio



Rezo desperdiciado
Cuento de Osho. 

Un seguidor de Hazrat Mohammed fue con él a la mezquita para las oraciones de madrugada. Era verano y, de regreso, vio que mucha gente todavía permanecía en sus casas. El hombre le dijo a Hazrat con mucha arrogancia:
—¿Qué les pasará a estos pecadores? No han acudido a los rezos matutinos.

Mohammed se detuvo y le contestó:
—Vete a tu casa. Debo regresar a la mezquita.
—¿Por qué? —preguntó el hombre
— Mi oración matutina se ha desperdiciado por tu culpa—repuso el maestro—. Tengo que rezar de nuevo. Y en cuanto a ti, acuérdate de no venir más. Tus rezos sólo han conseguido darte un pretexto para condenar a los demás.

Publicado el 2 de Diciembre



Elogio de la imaginación
Cuento de Eduardo Galeano.

Hace unos años, la BBC preguntó a los niños británicos si preferían la televisión o la radio. Casi todos se pronunciaron por la televisión, lo que fue algo así como comprobar que los gatos maúllan o que los muertos no respiran. Pero entre los poquitos niños que eligieron la radio, hubo uno que explicó: “Me gusta más la radio, porque por la radio veo paisajes más lindos”.

Publicado el 7 de Noviembre



Gotas

un cuento de Etgar Keret

Mi novia dice que alguien en Estados Unidos ha inventado una pastilla que hace que no te sientas solo. Lo oyó ayer, en la cápsula informativa Sesenta segundos
de la emisora del ejército, y ya le está enviando una carta urgente a su hermana para que le compre un cargamento y se lo mande por correo. En Sesenta segundos dijeron que en la Costa Este la venden en todos los comercios y que en Nueva York  ya ha causado furor. Viene en dos presentaciones: en gotas o en aerosol. Mi novia lo ha pedido en gotas, porque puede que no se quiera sentir sola, pero lo que no quiere es dañar la capa de ozono.

22 diciembre 2011

El amor y La locura


atribuido a 
Eduardo Galeano, 
pero no lo he podido confirmar...

Cuentan que una vez se reunieron todos los Sentimientos y Cualidades de los hombres en un lugar de la tierra. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso. “Vamos a jugar a las escondidas!” La Intriga levanto la ceja intrigada y la Curiosidad sin poder contenerse preguntó: ¿”A las escondidas”?, y ¿Como es eso? “Es un juego” - explicó la Locura–, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre ocupara mi lugar para continuar el juego.

El Entusiasmo bailo secundado por la Euforia, la Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar: La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para que? si al final la hallaban. La Soberbia opinó: que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y la Cobardía prefirió no arriesgarse. —-Uno, dos, tres, cuatro,… comenzó a contar la Locura...

La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre se dejo caer tras la primera piedra en el camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que, con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: — ¿Que si era un lago cristalino? ideal para la Belleza. — ¿Que si la rendija de un árbol? perfecto para la Timidez. — ¿Que si el vuelo da la mariposa? Lo mejor para la Voluptuosidad. — ¿Que si una ráfaga de Viento? magnifico para la Libertad. …

Así terminó por ocultarse en un rayito de Sol. El Egoísmo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio. Ventilado, Cómodo, pero solo para el. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido no recuerdo donde se escondió, pero eso no es lo importante.

Cuando la Locura estaba por el 999,999, el Amor aun no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado hasta que divisó una rosa y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

— Un millón, contó la Locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la Pereza solo a tres pasos de una piedra. Después se escucho a la Fe discutiendo con Dios sobre zoología. Sintió vibrar a la Pasión y el Deseo en los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y, claro pudo deducir donde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo. El sólito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar, sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza. Con la Duda resulto ser mas fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aun de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arco iris… (mentira, estaba en el fondo del océano) y hasta al Olvido, a quien ya se le había olvidado que estaba jugando a las escondidas.

Solo el Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura busco detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta y en la cima de las montañas. Cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal. Tomo una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto, se escucho un doloroso grito. Las espinas habían herido al Amor en los ojos. La Locura no sabia que hacer para disculparse. Lloro, Rogó, Imploró, Pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugo a las escondidas en la Tierra… “El Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña!”

Visto en: varias partes.

08 diciembre 2011

Peligrosa Inteligencia


Cuento de la tradición sufí. 

Un beduino, que avanzaba sentado sobre un camello cargado con dos grandes bolsas, se encontró a un hombre y prosiguió el viaje con él. El hombre le preguntó:
—¿Qué lleva tu camello?
—En un lado, una bolsa llena de maíz y, en el otro lado, una llena de arena —contestó el beduino.
—¿Por qué?
—Para equilibrar mejor la carga.
—Sería mejor repartir el maíz entre las dos bolsas —observó el hombre—. De ese modo, la carga pesará menos.

Al beduino le sorprendió la inteligencia de aquel consejo.
-—¡Tienes toda la razón del mundo! Tu pensamiento es muy sutil.

Mientras seguían viaje, el camellero le preguntó, intrigado:
—¿Quién eres? Un hombre tan inteligente como tú tiene que ser... ¿sultán, visir?
— No, no soy nada.
— Pero ¿eres rico?
—No. Mira mis ropas.
— ¿Qué clase de comercio realizas? ¿Dónde está tu casa, tu tienda?
— No tengo ni tienda ni casa.
— ¿Y tus camellos? ¿Y tus cabras?
— No los tengo.
—Pero entonces, con una inteligencia como la tuya, ¿Qué tienes?
— No tengo nada de nada, ya te lo he dicho, no tengo ni un trozo de pan para comer. Mi ropa son estos andrajos.
—¡Baja de mi camello! —gritó el beduino—. ¡Aléjate! ¡Llévate lejos de mí tu peligrosa inteligencia, porque mi idiotez es muchísimo más útil!

Tomado de: Cuentos con luz propia


02 diciembre 2011

Condena


Rezo desperdiciado
Cuento de Osho. 

Un seguidor de Hazrat Mohammed fue con él a la mezquita para las oraciones de madrugada. Era verano y, de regreso, vio que mucha gente todavía permanecía en sus casas. El hombre le dijo a Hazrat con mucha arrogancia:
—¿Qué les pasará a estos pecadores? No han acudido a los rezos matutinos.

Mohammed se detuvo y le contestó:
—Vete a tu casa. Debo regresar a la mezquita.
—¿Por qué? —preguntó el hombre
— Mi oración matutina se ha desperdiciado por tu culpa—repuso el maestro—. Tengo que rezar de nuevo. Y en cuanto a ti, acuérdate de no venir más. Tus rezos sólo han conseguido darte un pretexto para condenar a los demás.

Tomado de: Cuentos con luz propia.

25 noviembre 2011

La ira en Arcadia


Microcuento de Graciela Pérez Aguilar.

El pequeño país de Arcadia tiene una manera especial de lidiar con la ira. Cuando sus habitantes acumulan demasiado enojo, introducen dos dedos en su garganta y vomitan un pequeño escarabajo negro, de mandíbulas grandes y afiladas. Luego, lo llevan a una enorme pileta pública.

Cuando la pileta se llena de escarabajos, arrojan en ella a media docena de los habitantes menos populares. Luego de un par de horas, cubren todo con tierra hasta la siguiente oportunidad.


Tomado de: El telar de los sueños


17 noviembre 2011

A un click...


UN CLICK


(Mención Honrosa III Concurso Literario Internacional Lomas de Solymar 2009, Uruguay)

Dejé de verlo hace mil años. Dejé de verlo hace mil aguas con sus respectivos mil puentes. Y hoy con un click, lo encontré. En su búsqueda me movió la desidia y la incredulidad, o acaso mi infatigable costumbre de andar provocando a los Dioses. Ahora sé, con certeza, que se deben estar riendo de mí.

Quedé congelada y palpitando, igual que la página donde aparece él. Decido ir por un café, a ver si con eso pasan otros mil años. Tengo tres tazones disponibles, pero elijo lavar el cuarto, que reposa desde ayer en el lavadero. Lo prefiero sobre cualquiera. Será porque tiene grabada la fotografía de un instante memorable. En buenas cuentas, más que un tazón -y dependiendo del día- es un faro o un consuelo.

Vuelvo a mi escritorio y su página titila en la pantalla, pese a la ingenua pretensión de que mi demora hubiera borrado cualquier rastro de él. Me acomodo frente al teclado de mi computador como ante mi verdugo, mientras late insistente en mis sienes un “tú te lo buscaste”. Respiro hondo para calmarme y me digo que no hay de qué preocuparse porque, en rigor, no ha pasado nada. Él está ahí, en la pantalla, a un océano de mí y ni sabe –ni tiene por qué saber- que todavía existo.

Me río. Me siento como una niña que se niega a vestirse y salta juguetona en la cama, liberada del peso de sus ropas. Entonces suena el teléfono, y su insistencia me obliga a un aterrizaje forzoso a la realidad, borrando de un manotazo los saltos, las carcajadas, el vértigo y el pelo desordenado.

Vuelvo al punto cero, paralizada frente a la pantalla. Su fotografía sigue ahí, junto a los fabulosos edificios que puede construir y el intimidante directorio del que forma parte. El conjunto resulta imponente. Pero a la evidencia se le abre una fisura y ahora me parece estar frente a un castillo de naipes.

¿Puede un mínimo movimiento cambiar el curso de una corriente marina? No lo sé. Sólo sé que estoy a un click de mostrarle que yo, aún respiro. Sólo sé que estoy a un click de, posiblemente, desordenar su vida. Y a un click de desordenar la mía, definitivamente.

07 noviembre 2011

Imagínate

Elogio de la imaginación
Cuento de Eduardo Galeano.

Hace unos años, la BBC preguntó a los niños británicos si preferían la televisión o la radio. Casi todos se pronunciaron por la televisión, lo que fue algo así como comprobar que los gatos maúllan o que los muertos no respiran. Pero entre los poquitos niños que eligieron la radio, hubo uno que explicó: “Me gusta más la radio, porque por la radio veo paisajes más lindos”.

Tomado de: Cuentos con luz propia.





28 octubre 2011

¿Por qué robas?

La cleptómana
Cuento de Ramón Gómez de la Serna.

Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.
Es esa una cleptomanía corriente, sobre todo en los palacios reales, y por eso hubo reyes que cambiaron las de oro por otras de similor, para evitar que se llevasen costoso ”recuerdo de S. M.”.

Poseía cucharillas de los mejores hoteles del mundo, de las casas más nobles —con el escudo en el agarradero–, y hasta algunas arrancadas a las colecciones napoleónicas.

Un día, sin poder resistir mi curiosidad, le pregunté qué se proponía almacenando tantas cucharillas. Entonces la cleptómana me dijo en voz baja:
—Vengarme del mundo. . . Dejarlo sin una cucharilla. . …Que muevan el café con tenedor.

Tomado de: Cuentos con Luz Propia

01 octubre 2011

Gotas contra la soledad

Gotas

un cuento de Etgar Keret

Mi novia dice que alguien en Estados Unidos ha inventado una pastilla que hace que no te sientas solo. Lo oyó ayer, en la cápsula informativa Sesenta segundos
de la emisora del ejército, y ya le está enviando una carta urgente a su hermana para que le compre un cargamento y se lo mande por correo. En Sesenta segundos dijeron que en la Costa Este la venden en todos los comercios y que en Nueva York  ya ha causado furor. Viene en dos presentaciones: en gotas o en aerosol. Mi novia lo ha pedido en gotas, porque puede que no se quiera sentir sola, pero lo que no quiere es dañar la capa de ozono.

Las gotas te las echas en el oído y al cabo de veinte minutos dejas de sentirte solo. Actúan químicamente sobre no sé qué zona del cerebro, habían explicado por la radio, pero mi novia no lo había entendido bien. Porque no es que sea precisamente Madame Curie, mi novia, y yo hasta diría que es un poco boba. Se pasa el día sentada pensando en que le voy a ser infiel, que la voy a dejar y cosas así. Pero yo la quiero, la quiero con locura. Cuando vuelve de la oficina de correos me dice que ahora ya puede dejar de vivir conmigo. Porque las gotas, tarán-tarán, van a llegar pronto y ya no le va a dar miedo estar sola.

- ¿Dejarme? - le digo -. ¿Por unas gotas? ¿Cómo es posible?

Pero si la quiero, la amo con locura.

- Vete, si quieres - le digo -, pero quiero que sepas que ni esas asquerosas gotas para los oídos ni ningunas otras te van a querer como yo te he querido.

Lo que sí es verdad es que las gotas de los oídos no le van a ser infieles. Eso es lo que ella dice, después, se va. Como si yo sí le fuera a ser infiel.

Ahora ha alquilado una buhardilla en Florentín y todos los días espera al cartero. Yo, por mi parte, no tengo ninguna relación con el correo, no me emociona, y es que no tengo amigos en el extranjero que me manden cosas. Si los tuviera, hace ya tiempo que habría ido a visitarlos. Habría salido a tomar unas copas con ellos y les habría contado mis penas. Los abrazaría mucho y no me avergonzaría de llorar delante de ellos y todas esas cosas. Podríamos estar juntos años, pasarnos así la vida entera. De la manera más natural, como siempre se ha hecho, muchísimo mejor que con unas gotas.

Tomado del libro: "Buenas Intenciones"

22 septiembre 2011

Oscuro como boca de hombre...

Apuntes para ser leídos por los lobos

Cuento de René Avilés Fábila.

El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama... Trata de sobrevivir. Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel; tanto así que suele utilizar proverbios tales como: “Está oscuro como boca de hombre”, para señalar algún peligro nocturno, o “el lobo es el hombre del lobo”, cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana.

Tomado de: Cuentos con luz propia

13 septiembre 2011

Impermanencia...

EL REY CICLOTÍMICO

Un cuento de Jorge Bucay

Había una vez un rey muy poderoso que reinaba un país muy lejano. Era un buen rey. Pero el monarca tenía un problema: era un rey con dos personalidades.

Había días en que se levantaba exultante, eufórico, feliz. Ya desde la mañana, esos días aparecían como
maravillosos. Los jardines de su palacio le parecían más bellos. Sus sirvientes, por algún extraño fenómeno, eran amables y eficientes esas mañanas.

En el desayuno confirmaba que se fabricaban en su reino las mejores harinas y se cosechaban los mejores frutos. Esos eran días en que el rey rebajaba los impuestos, repartía riquezas, concedía favores y legislaba por la paz y por el bienestar de los ancianos. Durante esos días, el rey accedía a todos los pedidos de sus súbditos y amigos.

Sin embargo, había también otros días. Eran días negros. Desde la mañana se daba cuenta de que hubiera preferido dormir un rato más. Pero cuando lo notaba ya era tarde y el sueño lo había abandonado.

Por mucho esfuerzo que hacía, no podía comprender por qué sus sirvientes estaban de tan mal humor y ni siquiera lo atendían bien. El sol le molestaba aun más que las lluvias. La comida estaba tibia y el café demasiado frío. La idea de recibir gente en su despacho le aumentaba su dolor de cabeza.

Durante esos días, el rey pensaba en los compromisos contraidos en otros tiempos y se asustaba pensando en cómo cumplirlos. Esos eran los días en que el rey aumentaba los impuestos, incautaba tierras, apresaba opositores.

Temeroso del futuro y del presente, perseguido por los errores del pasado, en esos días legislaba contra su pueblo y su palabra más usada era NO. Consciente de los problemas que estos cambios de humor le ocasionaban, el rey llamó a todos los sabios, magos y asesores de su reino a una reunión.

—Señores –les dijo— todos ustedes saben acerca de mis variaciones de ánimo. Todos se han beneficiado de mis euforias y han padecido mis enojos. Pero el que más padece soy yo mismo, que cada día estoy deshaciendo lo que hice en otro tiempo, cuando veía las cosas de otra manera.

Necesito de ustedes, señores, que trabajéis juntos para conseguir el remedio, sea brebaje o conjuro que me impida ser tan absurdamente optimista como para no ver los hechos y tan ridículamente pesimista como para oprimir y dañar a los que quiero.

Los sabios aceptaron el reto y durante semanas trabajaron en el problema del rey. Sin embargo todas las alquimias, todos los hechizos y todas las hierbas no consiguieron encontrar la respuesta al asunto planteado. Entonces se presentaron ante el rey y le contaron su fracaso.

Esa noche el rey lloró.

A la mañana siguiente, un extraño visitante le pidió audiencia. Era un misterioso hombre de tez oscura y raída túnica que alguna vez había sido blanca.

—Majestad –dijo el hombre con una reverencia—, del lugar de donde vengo se habla de tus males y de tu dolor. He venido a traerte el remedio.

Y bajando la cabeza, acercó al rey una cajita de cuero. El rey, entre sorprendido y esperanzado, la abrió y buscó dentro de la caja. Lo único que había era un anillo plateado.

—Gracias –dijo el rey entusiasmado— ¿es un anillo mágico?

—Por cierto lo es –respondió el viajero—, pero su magia no actúa sólo por llevarlo en tu dedo...
Todas las mañanas, apenas te levantes, deberás leer la inscripción que tiene el anillo. Y recordar esas palabras cada vez que veas el anillo en tu dedo.

El rey tomó el anillo y leyó en voz alta:

Debes saber que ESTO también pasará.

Tomado de: Chispa de luz

01 septiembre 2011

Encontrar

El asno perdido

Cuento de la tradición sufí.

—¡Oh, aldeanos! —gritaba Nasrudín mientras corría por las calles de su pueblo—. ¡He perdido mi asno! ¡Se lo daré a aquel que lo recupere!
—Tienes que estar loco para hacer eso —le dijeron algunos de los que presenciaban el extraño suceso.
—De ninguna manera —les contestó el mullah—. Deben saber que el placer de encontrar algo que perdimos es mayor que el de poseerlo.


Tomado de: Cuentos con luz propia